Entrevista a Andrés Pascual

Sobre El Árbol de las palabras
¿Cuándo decidiste que El árbol de las palabras tenía que escribirse? ¿Cuál fue la chispa, el momento exacto en que la historia empezó a pedirle salir?
Yo adoraba a mis abuelos maternos, quienes vivieron junto con mis bisabuelos en la isla guineana de Fernando Poo durante los años 20 y 30 del siglo pasado. Tuve la
suerte de que fueran longevos y me transmitieran su pasión por esa tierra que, finalmente, me lancé a recorrer siguiendo su estela.
¿En tu vida y la de tu familia, que historias oídas de niño fueron las semillas para este libro?
Había muchas anécdotas cotidianas, pero sobre todo me impulsaron sus valores: un amor incontestable por la aventura, la naturaleza exuberante, la búsqueda de la
libertad y la entrega a un propósito superior a uno mismo.
¿Y qué papel tiene Luz Gabás en tu vida?
Es una buena amiga y también un referente desde que me lancé a escribir esta novela.
Luz narró en ‘Palmeras en la nieve’ el final de la que fue colonia española en Guinea; yo quería escribir el inicio, lo que suponía una gran responsabilidad. También tuve la fortuna de que leyera el manuscrito y compartiera conmigo sugerencias valiosísimas.
Es una persona muy inteligente y muy generosa.
La historia se narra desde la inocencia de dos adolescentes, Ókkó y Bella. ¿Por qué
desde la juventud?
Porque ‘El árbol de las palabras’ es una novela de hermanamiento, de fusión entre culturas, y muchos adultos (de aquella época y de cualquier otra) estaban demasiado contaminados para abrazar la diferencia. Solo podemos crecer desde la humildad y la diversidad, el saber que somos seres inacabados que nos completamos con aquellosque nos acompañan en el camino de la vida.
Ókkó debe su nombre al búho «porque siempre tenía los ojos muy abiertos». ¿Qué
viste en esa mirada para elegirlo como protagonista?
La curiosidad de los niños, la mente de principiante, el ser capaz de asombrarte con cualquier pincelada en el cuadro de la vida.
Los nombres de tus personajes tienen mucho simbolismo (Ókkó-Búho, la palabra
«Tierra» brotando del árbol). ¿Cómo eliges los nombres de tus personajes? ¿Los
buscas o te encuentran?
Me encanta escoger nombres, es un juego en el que valoro muchos factores: la sonoridad, el que no se parezcan entre unos y otro en el mismo libro… e incluso el
significado y su origen etimológico. Si un libro tiene vocación de ser traducido, también pienso cómo sonará a lectores de otros países.
Salvo el explorador vasco Manuel Iradier, todos los personajes son inventados. ¿Por qué él es el único real?
Se trata de una ficción histórica. Todos los personajes podrían haber existido tal como los pinto, porque sus perfiles sí que responden a personas reales, al igual que el contexto y el escenario en el que se mueven son rigurosamente reales, hasta el último detalle. En el caso de Iradier, su vida era tan literaria y apasionante que, ¿para qué inventar a otro?
La viuda que planta un árbol cuyas hojas son palabras, y cuya primera palabra es
«Tierra». ¿De dónde nace esa idea?
De la conexión con la naturaleza que estamos perdiendo. De ahí venimos y ahí volveremos. Somos parte de un todo, cuanto antes nos demos cuenta, mejor.
La novela se centra en 1884: Conferencia de Berlín, misión claretiana, expedición de Iradier. ¿Por qué ese año y no otro?
Precisamente porque en ese año se dieron esos tres acontecimientos, los más importantes y decisorios para entender lo que después ocurrió en la colonia. Como autor, tenía ante mí una oportunidad única para contar los eventos más importantes en tiempo real, sin necesidad de saltos temporales, lo que aumenta el ritmo narrativo.
El amor aparece «en todos los sentidos»: primer amor adolescente, amor materno,
amor a la naturaleza. ¿Cuál te costó más escribir?
Todo cuesta, se trata de entregarte a cada línea con otro tipo de amor: el incondicional a un proyecto tan loco como es una novela.
¿Qué personaje te costó más escribir y por qué?
El finquero de Soria. Primero porque es alguien que busca su camino, y es complicado definir algo que ni siquiera el propio personaje tiene definido. Está en proceso de forjar valores firmes sobre los que construir su vida. Y también porque no quería que se convirtiera en un cliché. Los personajes cotidianos son los más difíciles y los más fascinantes.
Sobre ti
Naciste en Logroño en 1969. ¿Cómo era el Andrés niño que ya soñaba con escribir?
Siempre he sido muy creativo y muy entusiasta. El entusiasmo ha sido el motor de todos mis proyectos. Por eso le he dedicado a este concepto mi último libro de no ficción.
¿Qué leía, qué le hacía imaginarse otros mundos?
Siempre he leído géneros diversos, pero recuerdo un libro que me marcó por aquel entonces: ‘Olvidado Rey Gudú’ de Ana María Matute. Una joya de la fantasía. Antes de dedicarte a la literatura ejerciste como abogado en el despacho de tu abuelo.
¿Qué conservas de aquel oficio a la hora de mirar el mundo y de construir personajes?
Como me dedicaba al derecho privado (familia y sucesiones), pasaba el día escuchando historias, conflictos, amores truncados, luchas entre hermanos… Un filón para cualquier escritor.
¿Guardas algún objeto de él o de tus abuelos que tengas siempre cerca cuando escribes?
Fotos, sin duda. Tengo una con mi abuelo en su despacho cuando yo tenía cinco años, sentado en la misma silla en la que luego ejercí como abogado.
‘Taj’ te dio el Premio Novela Histórica Alfonso X El Sabio. ¿Qué sentiste al recibir el premio? ¿Qué aprendiste de aquella novela que has aplicado en El árbol de las palabras?
Fue un honor enorme que, como siempre, conllevaba una enorme responsabilidad. Me había escogido un jurado en el que había referentes de la novela histórica como Javier Moro y debía estar a la altura en mis siguientes novelas. El secreto: trabajar, trabajar y trabajar. En la documentación, en la redacción, en la edición… Cuando crees que ya has dado suficientes vueltas al texto, le das otra. Es la única forma de hacer las cosas bien en esta profesión.
Has recorrido más de sesenta países. ¿Hay algún viaje, más allá de Bioko, que te haya marcado como escritor?
Tíbet, un viaje del que nació mi primera novela, ‘El guardián de la flor de loto’; y sin duda Japón, de donde traje la historia de ‘El haiku de las palabras perdidas’.
Tu casa estaba llena de historias sobre Guinea. ¿Hay alguna anécdota familiar que no haya entrado en el libro pero te gustaría haber contado?
Todas están en el libro de una forma u otra. Incluso los detalles, como las figuras que los abuelos tenían en los estantes, han tenido cabida. En quinientas páginas caben muchos guiños.
De todos los personajes que has creado a lo largo de tu carrera, ¿con cuál te identificas más o te cuesta más soltar?
Cada libro dice algo de mí en el momento que estoy viviendo. Cada personaje tiene alguno de mis anhelos, miedos, dudas. Y los suelto con facilidad, como suelto cada versión de mí mismo que no es la de este preciso instante. No estamos obligados a ser la persona que éramos hace cinco minutos.
Después de adentrarte en la Guinea colonial, ¿sientes la necesidad de quedarte en
África o de volverte a otro escenario?
Estoy escribiendo una novela completamente distinta que se lanzará en marzo, en un escenario mucho más cercano.
Has dicho que la literatura es «una herramienta poderosa para cambiar el mundo». ¿Qué historia te queda por contar que aún no te has atrevido a escribir?
No es tanto la historia que cuentas, sino desde dónde la cuentas. Solo aspiro a seguir escribiendo de forma genuina, respetando mi identidad como autor y como persona. Me gusta decir: no te esfuerces en ser el mejor, busca aquello que te hace único.
Has tocado muchos géneros y temas. ¿Queda alguno pendiente que te resista?
¡Muchísimos, pero dame tiempo!
¿Tienes alguna manía, ritual a la hora de escribir? Un sitio concreto, una hora, una bebida...
Escribo en la cama, semi-recostado con una legión de cojines que coloco con precisión buscando la ergonomía. No me gusta nada escribir en mesas. De la cama salto al sofá, donde me pongo en la posición del loto, también con cojines sobre las piernas para elevar el portátil y no tener que inclinar el cuello.
¿En qué estás trabajando ahora mismo?
Alterno la nueva novela con mis conferencias. El impartir charlas de empresa basadas en mis libros de no ficción (sobre entusiasmo, incertidumbre, felicidad en las organizaciones) se ha convertido en mi profesión principal.
Algo que quieras añadir a nuestros lectores...
Solo deciros: gracias de corazón.
Muchisimas gracias por esta entrevista.
La francesa



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